jueves, 18 de enero de 2018

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JUBILARSE

En España, hasta hace poco
se llegaba a jubilado
como muy tarde, a la edad
de sesenta y cinco años…
A no ser que trabajases
como poli, o en un banco,
o de minero, o en chollos
dependientes del estado,
o que te hiciera tu empresa
digamos, un buen apaño
y te arreglasen la vida
con sesenta o menos años
y así poder dedicarte
a viajar, a plantar nabos,
a jugar al dominó,
a hacer chapuzas a ratos
y hasta a sacarte en la Uned
tres o cuatro doctorados…

Pero, ¡Ay , amigo!, que ahora
ya no hay chollos ni en el rastro…
Se acabó lo que se daba
y nos toca dar el callo
hasta los sesenta y siete
de momento… y mientras tanto
ya estás llegándote a Roma
y comprándote el rosario
del Papa, para rogar
a las santas y los santos
que antes que llegue tu día
no decida algún pazguato
de ministro prolongar
la edad del fin del trabajo…

Que, tiempo al tiempo, te veo
invirtiendo el poco rato
que tienes para el café
o para echarte un cigarro
yendo a vaciar la sonda
de los orines al baño,
enchufándote el oxígeno,
comprobando el marcapasos,
tomándote las pastillas
y a lo mejor, y contando
con que te queden aún dientes
y con que puedas pagarlo
almorzándote en la máquina
del curro un cruasán enano
y un café con sacarina,
(cómo no, descafeinado)
mientras cuentas con los dedos
los meses, si no los años
que te quedan todavía
de aguantar ese calvario…

¡Qué negro está el porvenir
con trabajo o sin trabajo!

#SafeCreative Mina Cb

lunes, 15 de enero de 2018

La imagen puede contener: una persona, sonriendo, interior 



EL COLACAO

Mi infancia son manchurrones de colacao por todo: por la ropa de salir, por la de estar en casa, por los pijamas, por las sábanas, por los manteles, por las alfombras, por la mesilla del dormitorio y hasta por la encimera del lavabo… Manchurrones espesos con aspecto un tanto equívoco, sobre todo aquéllos que eran producidos por la pasta base necesaria para preparar un colacao en condiciones, esa mezcla marrón con grumitos y burbujas para la que se requería un talento casi culinario. Y eso que los dibujitos explicativos de la etiqueta ayudaban bastante, pero uno tardaba meses, cuando no años, en llegar a calcular las proporciones exactas de agua y de polvo chocolateado necesarias para que la textura del producto fuera la adecuada. Yo miraba los dibujos y luego el aspecto del vaso fotografiado en la etiqueta y no me cuadraban las cuentas. O se me iba la mano con el polvo y la bebida quedaba reducida a un vaso de leche color crema con unos grumos marrones en suspensión o bien me pasaba con el líquido y aquello más que colacao parecía nesquik. Que era lo peor que te podía suceder, porque con el colacao y el nesquik pasa como con el Barça y el Madrid: que sólo se puede ser de uno.

Menos mal que mi hermana me dio una de sus lecciones magistrales: para la base, de aproximadamente dos dedos de altura, lo que había que hacer era poner primero el polvo y luego añadir poco a poco la leche con una mano mientras con la otra se revolvía la mezcla con una cucharilla. Después, y una vez alcanzadas las proporciones adecuadas (¡He ahí el insondable misterio!), se mezclaba el conjunto hasta formar una solución de color marrón, granulosa y burbujeante y de textura un tanto pastosa. Y entonces, y sólo entonces, una vez que la base estaba perfectamente homogénea, se añadía lenta y cuidadosamente el resto de la leche, eso sí, sin dejar en ningún momento de remover con la cucharilla.

El resultado era una apetitosa bebida de color marrón claro cuya superficie, si habías hecho bien las cosas, debía presentar una fina capa de espuma que algunos nos comíamos a cucharadas y que dejaba siempre una delatora línea de espuma marrón sobre al labio superior.
Como un bigote.

#SafeCreative Mina Cb

domingo, 14 de enero de 2018

 



CAMANDULEANDO
(soneto escrito en la cama)

Me gusta ver el día, cauteloso
avanzar, y a su paso ir invadiendo
mi habitación, mientras que voy sintiendo
cómo el tiempo transcurre, perezoso.

Me encanta adormecerme como un oso,
estirarme, sentir todo crujiendo
y mirar al reloj como queriendo
burlar al carcelero luminoso.

Y es que me puede, dicho sin cortame,
y aunque pueda sonar a desafío,
dormitar hasta casi avergonzarme...

Que ya madrugó mucho el cuerpo mío
y ahora tan solo aspiro a acostumbrarme
a quedarme en la cama si hace frío.

#SafeCreative Mina Cb

viernes, 12 de enero de 2018

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MALA MEMORIA

Me sé al dedillo la letra
de un montón de canciones
(de mis tiempos sobre todo).

Guarda mi memoria
elepés enteros en su tarjeta RAM
y aún recuerdo,
entre un no desdeñable
puñado de poemas

“Castilla”, de Machado,
(Manuel para más señas)
y el monólogo del desgraciado Segismundo
de “La vida es sueño”
que aprendí con menos de diez años
(no exagero)
y que siempre he soñado
con interpretar.

Me sé mi dni y mi móvil
y a veces dudo
cuando me piden el número del fijo.
Me sé los pins de las tarjetas
y en ocasiones me hago un lío
con las contraseñas de internet
y bloqueo las cuentas
y luego es un sindiós recuperarlas.

Me sé los días en que ocurrieron
las cosas importantes de mi vida...
más que nada
porque la mayoría
(bromas del azar)
tuvieron lugar en fechas señaladas...

… Aunque he de confesar
que me bailan los años,
y que no tengo archivado en las meninges
mi número de cuenta bancaria
ni la matrícula del coche
ni otros datos de supuesta
importancia vital
como la alineación del Barça
el nombre de los integrantes del gobierno
o la fecha en que comenzó el impresionismo,
que es mi movimiento favorito.

No me acuerdo tampoco
de cómo ibas vestido
cuando te conocí.

Pero me sé tu nombre
y el día en el que vivo
y el nombre de mi madre
y el nombre de mi gato
y el nombre de mi calle

y los nombres de todos mis amigos.

#SafeCreative Mina Cb

jueves, 11 de enero de 2018

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CANCIONES

A veces
lo que no pudo ser se hace presente
mediante una canción

que desata un torrente de lágrimas amargas
irrefrenables,
mórbidas,

absurdas como el tren que llega con retraso
cuando ya nadie queda en el andén..

Pero ahí están:
sorprendentes espejos del pasado,
del desencanto,
de la frustración,
grises flashbacks, retazos de un momento
doloroso y sombrío
por cuyas puertas,
aún entrecerradas,

cruzan
de vez en cuando

tibios rayos de sol.

#SafeCreative Mina Cb

miércoles, 10 de enero de 2018

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CALOR DE AYER

Fueron las sustitutas de los braseros. Llegaron orgullosas sobre sus cuatro ruedecillas, portátiles, metálicas y envueltas en un halo de misterio, más que por su novedad, por la leyenda negra que siempre ha acompañado al uso del butano.

Eran las catalíticas un prisma rectangular con una puertecilla que a los niños nos encantaba abrir y cerrar, clac, clac, tras la que se ocultaba, recia y llamativa, la imponente bombona de butano; esa mole pesada y un tanto maloliente que nos daba miedo hasta tocar porque, se decía, podía explotar en cualquier momento haciendo que la casa saliera despedida hacia arriba desde los cimientos y gravitase hasta traspasar la atmósfera terrestre y escapar de la galaxia, perdiéndose entre las nubes como pasaba con los cohetes de la Nasa. A mi me daba menos miedo sin la cabeza. La bombona digo. A lo mejor es porque en cierta ocasión una amiguita me confesó que había intentado suicidarse colocándose en la boca la goma anaranjada, pero que no se había muerto. Y quizás desde ese instante yo asocié el sistema de conexión con la cara de mi amiga, mutada en cera en el interior del ataúd. O quizá fuera porque el accesorio que servía para dar salida al gas tenía un aire como de casco de guerrero, la espita haciendo las veces de minúsculo penacho y ese collarín ridículo que había que ajustar meticulosamente, como si fuera una armadura de la que dependiera la supervivencia del guerrero. E incluso la mía. Que por eso mi madre nunca me dejaba tocar la anilla negra, advirtiéndome de que si esta se desajustaba el gas saldría al exterior, invadiendo la sala y haciendo tal vez que la casa volase por los aires, atravesando la atmósfera y… en fin, todas esas cosa que he contado un poco más arriba.

Tenían las catalíticas una pantalla frontal de enrejillado que a veces se dividía en tres partes, como los cuadros de las iglesias, de forma que uno podía decidir cuántas placas quería utilizar. Al principio se cebaban con cerillas, arrimando la llama al conducto de salida del gas con mucha precaución. Más tarde inventaron lo del encendido automático, que consistía en un botón que había que presionar durante unos segundos hasta que la llama prendía, desatando un resplandor violáceo que se expandía, flossss, por la pantalla, como un fogonazo galáctico, dejando una estela de chispas amarillas prendidas de los dibujos de la rejilla protectora. Ese era mi momento favorito: esa llamarada azul y maloliente que me hacía sentir al límite, como una navegante del espacio, ingrávida y sin oxígeno, a punto de morir de asfixia y de ansiedad mientras veía cómo la rugosa superficie se iba tiñendo de naranja mientras que la tóxica bocanada de gas se diluía suavemente con el resto de los olores de la estancia.

#‎SafeCreative‬ Mina Cb

martes, 9 de enero de 2018

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 NI CONTIGO NI SIN TI

Hay amores que están condenados al fracaso desde el minuto cero. Lo sabemos. Una especie de Pepito grillo se aposta tras nuestro oído y nos lo chiva. Ciertas luces de alarma centellean. Y las vemos, pero miramos a otro lado y a lo nuestro. A enamorarnos hasta las trancas y a enfangarnos a gusto. A lanzarnos al vacío a tumba abierta, sin paracaídas ni red, desafiando a las leyes naturales y confiando en el que el amor todo lo puede. En que sabremos desenvolvernos solos. En que al final el otro se dará cuenta de nuestro valor y dejará de exprimirnos. En que seremos capaces de pasar el resto de la vida junto al ser adorado sin por ello pagar el doloroso peaje de la infelicidad.

Y a veces llega a suceder. Quiero decir que llega a ser posible. Que el ego se anestesia y la relación se hace durable, pero no porque se alcance la armonía, sino porque uno traga lo indecible mientras que el otro ejerce de tirano, sometiendo a quien sabe que va a satisfacer todos sus deseos con tal de no ser abandonado. Se puede estar así toda la vida, créanme. Hay personas que lo hacen encantadas.
Puesto que aman de verdad. Claro que en otros casos, un día las alarmas se cansan de emitir destellos y empiezan a sonar, desaforadas, profiriendo un aullido interminable y pavoroso que atruena en la cabeza, que no desaparece ni de día ni de noche y que siembra las dudas en el interior del corazón. Y a veces el enamorado no puede soportarlo y se detiene, viéndose en la obligación de parar la situación o bien continuar, siempre con el estallido martilleando su cerebro e impidiéndole disfrutar de los placeres del amor.

Y es entonces cuando el maltrecho corazón ha de escuchar a la cabeza...
Y decidir.

#SafeCreative Mina Cb