viernes, 29 de agosto de 2014



UN BESO

Él era un tipo duro y sin escrúpulos. Uno de esos fulanos que acababan siempre siendo invitados a abandonar los clubs de alterne por un par de gorilas malcarados. Un chaval que había tenido mala suerte, que no había podido ir a la escuela, que se había criado entre reyertas y amenazas, que había tenido que aprender a usar los puños y más tarde otras cosas, para poder sobrevivir. Un hombre sin familia y sin destino, un bandido al que la sociedad había dado la espalda hacía años. Un paria. Un buscavidas.
Un canalla.

Ella no había tenido mejor suerte. La mayor de seis hermanas, un padre que le daba a la botella y una corte de parientes y vecinos que entraban y salían, vaciaban armarios y cajones y aprovechaban las ausencias del patriarca para encerrarse en un cuartucho con su madre, esa mujer avejentada y ojerosa que utilizaba sujetadores con corpiño, que fumaba sin parar y guardaba en una lata de galletas los billetes que algunos visitantes le entregaban antes de partir y a la que vio, de vez en cuando, el maquillaje emborronado, limpiarse las lágrimas con la manga de la blusa mientras freía los filetes.

Se encontraron una noche en esa esquina. Ella estaba sentada en un portal. Sollozaba y recogía sus enseres, esparcidos por el suelo, dentro de un bolso de falsa piel de cocodrilo. Él deambulaba por las calles un poco borracho. Acababan de echarlo del casino porque el croupier decía que intentaba hacerle trampas. Pero no era verdad. Simplemente había descubierto el ángulo de inclinación de la ruleta. Y estaba aprovechándose de tal hallazgo. Y claro, en cuanto el dueño del garito se dio cuenta le mandó a sus matones, que tardaron dos segundos en sacarlo a patadas de la sala.

Se acuclilló a su lado, la ayudó a recoger sus posesiones y le tendió un pañuelo con que secarse las lágrimas. Era bella incluso con la cara sucia. Se parecía a Lana Turner. Aún conservaba el carmín y tenía una intensa y triste mirada de color azul con la que acompañó aquél escueto “gracias” que salió entre sollozos de su boca.
Algo se le removió dentro, en las entrañas. Algo que jamás había sentido por nada ni por nadie durante todo el transcurso de su perra vida. Miró tiernamente a la mujer, una chiquilla prematuramente envejecida, y sintió que las piernas le temblaban. Se aproximó lentamente, sin dejar de mirarla, y la besó; un beso amargo y dulce al mismo tiempo; un beso inacabable en el que quiso verter todas las frustraciones y dolores, y que ella le devolvió con la misma desesperación y el mismo empeño. Un beso agónico y potente; uno de esos besos que anulan la razón y absorben el alma con su fuerza redentora.
Un beso de verdad.

Un beso eterno.

#SafeCreative Mina Cb

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